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ENFERMOS DE AFECTO

Pasan de la  euforia a la depresión más absoluta. Del cielo al Infierno. Padecen lo que en psiquiatría se denomina trastorno bipolar o psicosis maníaco-depresiva, una enfermedad que conoce bien Pilar García y que el escritor Juan José Millas ha incorporado a su Proyecto Sombra. Por Juan José Millás. Pilar García García tiene 51 años y un trastorno bipolar, también conocido como psicosis maníaco-depresiva, cuyas víctimas alternan estados extremos de euforia (o manía) y depresión que le llevan literalmente del cielo al infierno, del  resplandor a las tinieblas, de una exaltación sin límites a un abatimiento intolerable. El intervalo libre de síntomas comprendido entre crisis recibe el nombre de período eutímico. El paciente eutímico puede llevar una vida normal, pero debe tratarse con estabilizadores del estado de ánimo, el más conocido de los cuales es el litio. No todas las crisis tienen la misma intensidad, por lo que se utiliza también el término hipomanía para referirse a los estados de euforia leves.
Los delirios de grandeza de la fase maníaca se convierten durante la depresión en los reproches característicos de  una crisis grave de autoestima. Si en la euforia un individuo puede firmar la letras de un piso de lujo, porque se lo merece todo, en la depresión, como no se merece nada, podría llegar a quitarse la vida. En la euforia, la víctimas de este mal se aman; en las depresiones, se detestan. Freud llegó a sacar la enfermedad bipolar del cajón de las psicosis para incluirla en el de las neurosis narcisistas, porque en sus dos fases se produce una acentuación de las necesidades ligadas al amor propio.
Según Luis Fernando Crespo psiquiatra y psicoanalista  de la Asociación de Psicoanalítica Internacional y experto en esta clase de patologías, durante las fases de manía o depresión, y dada la evidencia de disfunciones bioquímicas, es necesario el tratamiento farmacológico. Ahora bien, una vez superada la crisis, el tratamiento psicoanalítico constituye un medio eficaz de consolidar el bienestar. “El psicoanálisis”, añade, “no cura como un medicamento, pero permite al paciente comprenderse mejor, entender sus crisis y encontrarse a gusto dentro de  su propia piel y en el mundo. En resumen, el tratamiento farmacológico y el psicoterapéutico deben ser complementarios, aunque todavía, por desgracia, hay quien los considera antagónicos”.
Pilar García García, decíamos, es bipolar y ocupa desde hace un par de años la presidencia de la Asociación Bipolar de Madrid, en donde la localicé por teléfono con la idea de hacerle una sombra. ¿Qué sabía yo entonces de la psicosis maníaco-depresiva? Poca cosa, excepto que el martes leo con asco lo que escribí el lunes o que me arrepiento por la mañana de las promesas que he hecho por la noche. También, que a veces aborrezco a aquellos cuya aprobación necesito por la dependencia afectiva que supone esa necesidad. Luego, pago el aborrecimiento con un ataque de culpa, y vuelta a empezar. No soy tan raro: quizá usted mismo sea víctima de crisis semejantes, aunque no con la intensidad de ducha escocesa con que las sufre el maniaco-depresivo. También había averiguado que Van Gogh, Byron, Fitzgerald, Virginia Woolf, Samuel Beckett y Hemingway, entre otros, habían sido bipolares, y que políticos como Churchill, y quizá Felipe González, padecían de ciclotimia, que es la hermana menor de la bipolaridad y consiste en la alternancia de hipomanías (o euforias suaves) con depresiones de carácter leve también.
Invité a comer a Pilar García, que lleva una temporada eutímica, o libre de síntomas graves, y nos pusimos de acuerdo en pedir de aperitivo unos caracoles que fuimos sacando de su concha con la minuciosidad, pero con la dificultad también, con la que ella iba extrayendo de la memoria sus recuerdos. Me sorprendió en seguida la calidad del pacto que había alcanzado con su enfermedad, de la que habla con cierta distancia irónica, con un suave humor que la pone a salvo de la autocompasión. Pilar trabaja fuera de casa y lleva una vida normal, a la que no es ajeno el grado de conocimiento que ha alcanzado de sí misma y del trastorno bipolar. Pasamos juntos varias horas durante las que atravesé dos o tres momentos de euforia, convencido de que tenía entre manos un gran reportaje, y dos o tres instantes de depresión al comprobar que no era capaz de articular la cantidad de material que Pilar cuyo estado de ánimo se mantuvo en todo momento estable, me ofrecía. Un día me llevó a la Asociación Bipolar de Madrid para que asistiera a una reunión de maniaco-depresivos que resultó enormemente instructiva. Cuando entré en la sala, la atmósfera estaba un poco turbia porque se acababa de suicidar una compañera y los que la habían visitado últimamente lamentaban no haberse dado cuenta del peligro. Pero uno de los asistentes alivió ese sentimiento de culpa al relatar que él, en una época de depresión, había planificado su suicidio con una frialdad tal que habría resultado imposible detectar sus intenciones.
—Me salvó mi madre, que es bruja y se olió que pasaba algo -dijo al final.
A partir de ese momento se estableció un intercambio de experiencias que me sirvió, sobre todo, para advertir que conozco a más de dos y a más de tres enfermos bipolares sin diagnosticar. “Pero si esto es lo que le pasa a fulano”, me decía una y otra vez escuchando los relatos que cada uno hacía de su vida. Anoté que muchos bipolares son clandestinos por miedo al rechazo social. En tales casos han de disfrazar las bajas laborales con enfermedades que no tienen. Se habló mucho sobre las ventajas y las desventajas de salir del armario, y me pareció comprobar que las personas que habían decidido hacer pública su enfermedad tenían menos desacuerdos consigo mismas y se encontraban en mejor disposición de combatirla. Las dificultades para compatibilizar enfermedad y vida laboral fue uno de los asuntos estrella de la reunión. La mayoría de estos enfermos luchan, en efecto, por llevar una vida normal, y lo cierto es que con el tratamiento adecuado, tal como afirman Eduard Vieta, Francesc Colom y Anabel Marfinez-Arán, del hospital Clínico de la Universidad de Barcelona, en su libro ¿Qué es el trastorno bipolar?, la evolución es generalmente buena.
El material, en fin, se iba acumulando sobre mi mesa de trabajo sin que viera el modo de articularlo en forma de reportaje. La solución que un día me parecía genial, al siguiente me parecía una porquería. En los trastornos bipolares hay estados mixtos, en los que se mezclan los síntomas de la manía y de la depresión. Pensé que había caído en uno de ellos. Entonces se me ocurrió poner a Pilar frente al magnetofón e interrogarla acerca de su vida, centrándome sobre todo en los períodos críticos. Cuando llegué a casa y escuché la cinta, comprendí que me encontraba ante un relato autobiográfico estremecedor e impecable. De hecho, me atrapó como una novela, pese a que ya lo había escuchado en directo, por el modo en que cuenta la percepción que va teniendo de lo que le ocurre antes de que le pongan nombre. Pilar no fue diagnosticada hasta los 38 años y durante todo ese tiempo convivió con unos síntomas que le producían extrañeza, pero que era incapaz de verbalizar. Transcribí el relato tal cual, limando algunas asperezas características del lenguaje coloquial, y borrando mis intervenciones. Cuando lo leí, confirmé que debía entregarlo al lector sin ninguna interferencia porque cuenta magistralmente el proceso por el que uno conoce su enfermedad, la asume, pacta con ella, y consigue conquistar una vida normal, llena de momentos de incertidumbre, pero también de instantes de dicha. Lo que a continuación van a leer, por tanto, es el relato de Pilar García García sin el ruido que en un reportaje convencional habría introducido la voz del reportero.
“Yo, la infancia la tengo un poco borrada. Como a los siete años perdí un curso escolar porque estuve un año en la cama por un eritema nudoso. Mi padre me compró una tele con la que me atiborraba de programas mientras mi madre me atiborraba de tocinillos de cielo, por eso salí gorda. En verano íbamos al pueblo de mi padre, que está en Valladolid, y nos pasábamos el día en la calle. Era la libertad porque en Madrid vivíamos en Diego de León y mi madre no nos dejaba salir por miedo a que nos ocurriera algo. Recuerdo los domingos, cuando nos metíamos en la cama de mis padres para oír un programa de radio que se llamaba Ruede la bolita. No sé qué más, tengo la infancia desaparecida. Sólo recuerdo los momentos ligados a algo afectivo. Creo que identifiqué los tocinillos de cielo, y la comida en general, con el afecto.
Mi madre iba a su bola. Dejó de trabajar cuando tuvo a mi hermano y yo creo que metió la pata porque lo pasó fatal. Era depresiva. A veces se encerraba en su habitación y toda la casa tenía que permanecer en silencio. No lo recuerdo con dolor. Sé que está ahí. Era la sensación constante de que pasaba algo. Mi padre estaba todo el día trabajando. No ponía un huevo en casa. Era comisario y trabajaba 24 horas seguidas a cambio de 48 de descanso. Durante el descanso trabajaba en una inmobiliaria. Recuerdo de él que nos levantaba de la cama y nos llevaba al colegio porque mi madre siempre fue incapaz de madrugar.
De la adolescencia recuerdo épocas en las que mi madre se empeñaba en llevarme al médico porque yo tenía rachas en las que era muy tumbona. Pero nunca me ocurrió nada. Los médicos me veían y decían que estaba bien. Salía y tenía amigos. Iba al colegio, aprobaba con notas muy normales y todo eso. Tenía una pandilla, pero toda esa etapa de la pandilla la recuerdo muy mal. Luego estudié veterinaria, fui progre. Entonces fue cuando me dio por viajar Una vez fui a Portugal con dos amigas en coche. Hubo algún problema porque yo soy muy mandona y no siempre nos poníamos de acuerdo. No era nada importante, pero todo aquello, recordándolo desde la conciencia actual de la enfermedad, creo que me causó algún disturbio. He tenido un grupo de amigos muy cerrado, donde todo era muy endogámico y que para mí ha resultado una experiencia patológica. Yo me he abierto cuando he empezado a estar mal.
En un viaje a Italia con dos amigas (estamos en 1978 o 1979, y nací en el 51) tuve una euforia, aunque yo no sabía entonces qué era una euforia. Lo he comprendido después. El caso es que me peleaba mucho y gastaba mucho dinero. Me dejaron por imposible. No fue una euforia fuerte, pero era un anuncio.
En el 79 u 80 estaba en Algete, trabajando de meritoria en un laboratorio de sanidad animal. Había más gente que había terminado Veterinaria y pasábamos por los distintos departamentos para aprender un poco de todo. En el verano me fui como mes y medio de vacaciones. Me voy con mi hermana y mi cuñado. Ahora sé que la familia es uno de los focos que despierta las crisis, pero entonces ni siquiera sabía que aquellas cosas eran crisis. Viajamos en coche, en un 1.800, y con tienda de campaña. Todo era pequeño: el coche, la tienda, aunque la tienda tenía como dos habitaciones. Empezamos el viaje muy bien: sur de Francia, Italia, Suiza. A veces llovía y se empapaba la tienda, pero yo lo recuerdo bien hasta que empezaron las discordias. Lo más probable es que yo comenzara a comprar desaforadamente, porque ése es uno de los síntomas de la euforia, y me dijeran algo, no sé. Empezaron las discordias. Cruzamos a Inglaterra, volvimos por Bretaña, estuvimos en Paris... No sé por qué hice aquello.  A la vuelta, yo me quedé en Santander, con unas amigas, y mi hermana y mi cuñado volvieron a Madrid. Ya había problema ahí, ya había algo. A los pocos días me metí en un coche-cama y regresé a Madrid. En Algete me peleé con el jefe y empecé a imaginar una granja experimental. No sé qué idea tenía de experimentación con animales. Había conseguido unas fotografías aéreas del pueblo de mi padre y me pasaba el día diseñando la granja. Fui a Barcelona, para hablar del asunto con el marido de una amiga que me dijo:
-Pero, chica, a dónde vas.
También fui a Galicia para investigar. A mi familia no le contaba nada, porque esos días estaba yo sola en el piso de mis padres. No había nadie. La granja de experimentación era una fabulación fantástica, me ocupaba todo el tiempo. A tomar por saco Algete y todo lo demás. Ya tenía la vida solucionada, no necesitaba nada, no necesitaba a nadie. Yo era la gestora y la administrativa y la técnica de aquel proyecto fabuloso. Estaríamos como en el mes de octubre.
Y entonces, de repente, de un día para otro, me vengo abajo. En la bajada no podía con mi alma, no podía ni ponerme el desayuno. Sentía que no había hecho nada bien en la vida. En la depresión te conviertes en la versión contraria de lo que eras en la euforia. Pasas de comerte el mundo a no ser capaz de ponerte el desayuno. Empecé a descubrir en mí cosas terribles: una sensación de soledad tremenda, una falta de relación con todo que...
En eso llegaron mis padres, que habían estado en Miami viendo a un familiar que vivía allí. Me acuerdo que trajeron una aspiradora y que no fui capaz de hacer nada con ella para montarla, aunque soy muy habilidosa. Mi madre se dio cuenta deque pasaba algo y mi padre también, pero les daba pánico reconocerlo porque en mi familia hay antecedentes de enfermedades mentales. Así que, aquí no pasa nada, me tenían todo el día en la calle, para que me animara. Tuve que dejar lo de Algete porque no podía con mi alma, y al final, no sé cómo, fui a un psiquiatra. Recuerdo que era el 23-F del 81 por el modo en que me enteré del golpe de Estado. Estaba con el psiquiatra y le telefoneó una paciente. Cuando colgó me dijo:
-Huy, esta pobre dice que hay un golpe de Estado.
Al psiquiatra no le comenté nada de la euforia anterior a la depresión. A nosotros nos pasa que olvidamos todo. Cuando estamos en la depresión no nos acordamos de la euforia y cuando estamos en la euforia no nos acordamos de la depresión. Es muy difícil que salgan las cosas ordenadas. El caso es que me trató de depresión. Yo ya no salía de la cama. En la ducha me metía esporádicamente porque te abandonas por completo. Luego he sido más limpia en mis depresiones porque he ido aprendiendo. Le decía a mi madre:
—Mamá, lo único malo que no he hecho en la vida es matar a alguien, todo lo demás lo he hecho mal.
Y que no me llamara nadie. Las persianas bajadas, la puerta cerrada, no quería ver a nadie ni hablar con nadie. No me dieron litio. El litio es un estabilizador del estado de ánimo que los bipolares tenemos que tomar siempre. Pero es que no me trataron como a una bipolar. No estaba diagnosticada.
Salgo de la depresión sin diagnosticar, pero me planteo que algo pasa. Cuando estoy mejor, me voy a trabajar a la oficina de mi padre, a la inmobiliaria. Por lo menos estaba por las mañanas entretenida. Luego empecé a ir a la calle de Hortaleza, a un grupo de psicólogos, donde hago terapia de grupo y análisis de casos. Yo sabía que pasaba algo. Hice expresión corporal y más cosas, no sé, me divertían y me gustaban estos temas.
Empecé a salir. Mi padre, cuando empecé a salir y a llegar a las tantas, se empezó a mosquear Entonces me fui a vivir sola al paseo de La Habana. Allí viví muy feliz. Estuve eutímica (sin crisis) siete años. La siguiente crisis fue cuando empezaron a hablar de operar a papá: los conflictos familiares otra vez como un foco perturbador. Me marché a La Coruña, a casa de una amiga. Luego pensé que lo hice porque me moría de miedo. El caso es que la nevera estaba vacía; no tiraba de mí, no tiraba de mí. Pasé por un par de psiquíatras, pero aguanté toda la depresión a pelo. No dejé de trabajar y así pasó la cosa. Mi padre aceptaba muy mal las depresiones. Lo habían operado del corazón y al año siguiente le operaron de cataratas. Fui a verlo y me dijo:
—No te preocupes, hija, que mientras yo esté aquí siempre tendrás unas manos que te arropen.
Las manos duraron un año.
Aquel año fue un trasiego con los ingresos de mi padre, todo el día de acá para allá. Fue un tiempo en el que no estaba muy mal y estaba muy ocupada. En abril se murió, y cuando se murió recuerdo que me fui a Málaga: otra huida, como cuando le operaron del corazón. En la playa lloraba, aunque soy muy mala para llorar Estuve allí unos días, volví, y no sé qué pasó, pero volví y me revolucioné. Y creo que fue cuando me dio por la clarividencia. Le decía a la gente lo que le iba a pasar. La lucidez, en los estados de euforia, basta que te pasas de rosca, es absoluta. Yo estaba sola, en mi casa del paseo de La Habana, y fue cuando me dio la ataxia, o sea, que no podía andar, que no podía andar. Antes de este problema, quería convocar a mi familia para decirles lo que les iba a pasar, porque veía clarísimo el futuro de cada uno, y no venían. Me dio la ataxia. Llamé para decir que no podía andar. Mi cuñado me tuvo que bajar a cuestas y nos fuimos a La Paz. Es que yo somatizo bastante, menos mal, porque, si no, estaría más loca. Me pusieron unas inyecciones y salí por mi pie.
Entonces le dije a mi hermano que, como no tenía padre, mi padre era él y me fui a su casa. Estaban todos muy sensibilizados, y este hermano me llevó a un psiquiatra que yo creo que me puso Modecate, que es una medicina que se .estómago. Estaba todo el día tomando manzanilla.
Otra cosa que recuerdo de aquella época es que la televisión me hablaba. Recuerdo estar viendo una película y que se refería a mi. Ya estaba metida. Esta crisis fue muy gorda y no me internaron. Médicos y médicos y médicos, siempre con mi hermano.
Yo tenía una fuerza física tremenda. Si la manía no es demasiado alta, si es lo que llamamos una hipomanía, es estupenda porque no haces demasiadas locuras, aunque compras muchas cosas y todo eso. En la manía o euforia, hay mucha gente que entra en un concesionario de automóviles y sale con un Mercedes que no va a poder pagar. Depende de cada uno. Mi cuñada me aguantaba con mucha paciencia porque soy un poco meticona. Nos pusimos en el verano. Entonces yo recuerdo haber tirado todas las medicinas a la chimenea de la casa que tenemos en Eurovillas porque en casa de mi hermano estaba entretenida y me iba calmando.
Me fui calmando, me fui calmando y calculo que empezaría la depresión. Yo soy una bipolar de libro: tras la euforia, la depresión.
Voy de nuevo al psiquiatra y es en este momento cuando me diagnostican como bipolar Tengo entonces 38 años. No recuerdo si recibo el diagnóstico con alivio o con pena porque dejo completamente la medicación.
Entonces vienen a vivir con nosotros mi cuñado, mi hermana y mi sobrina porque van a hacer obra en su casa. Aquello me provocó una crisis, como siempre que hay movimientos familiares. Recuerdo que un día, ya debía de estar yo como una moto, mi hermana no me quería dejar las llaves del coche y me dio un bofetón. Me fui en taxi a casa de unos amigos que viven en Las Rozas. Esa noche empecé a dar tumbos contra las paredes. Llamaron a urgencias. Acabé en el hospital hablando con el psiquiatra y le convencí, porque en las euforias tenemos una capacidad de convicción increíble, de que no estaba mal. Le dije que había tenido una regresión, pero que podía controlarla.
El psiquiatra no me ingresa y al día siguiente fue cuando me dio por andar a cuatro patas y no hablar Recuerdo a mi hermana llamando a una señora con la que había hecho macrobiótica -porque yo me he apuntado a la macrobiótica, al psicoanálisis, al yoga, a la terapia de grupo, a todo- para preguntarle qué podía hacer. Por la tarde fuimos al psiquiatra. Yo me quería ir a Nueva York. Cuando me pongo eufórica me da por decir tacos, fumo mucho, hablo durante horas por teléfono, no paro. Me ingresan, creo que me hicieron una cura de sueño. Estuve 18 días internada.
Vuelvo a casa y estoy unos días más o menos bien. Volví con Haloperidol, un neuroléptico que te baja un poco. Luego tengo un periodo que parece que no va a pasar nada y luego vino la depresión. No sé cuánto me duró. Te pones el chándal, cierras la puerta del dormitorio, bajas la persiana y te metes en la cama. No quieres llamar a nadie ni que nadie te llame. Vivir es un esfuerzo tan grande, tan grande...
Intento seguir una cronología, pero la medicación te rompe el tiempo.
Ya estamos en el 93. ¿Qué pasó en el 98? Porque ese año estuve en Japón, pero estuve muy bien... Ahora me acuerdo. Se cayó mi madre y se rompió la cadera y la muñeca. Estaba yo sola con ella en la casa de Eurovillas. Llamé a un vecino, la metimos en el coche y la llevamos a Campo Real. Iba en un puro grito. Yo, con una tensión tremenda Ahí empezó todo. Yo ya me veía la movida: en casa sola, con ella, todo el día, cuidándola... Dije a la familia que no podía hacerme cargo y se la llevó una hermana mía. Recuerdo que después de operar a mi madre me había empezado a dar la lucidez característica de la euforia y pre¬gunté al médico por qué no le ponían heparina. En la euforia entiendes de todo.
Nos fuimos a la boda de un primo, a Valladolid. Yo estaba provocadora, hablando en voz alta y todo eso. Cuando volvimos de Valladolid, me puse fatal, con un dolor de ovarios (la somatización), y me ingresaron en Loreto. La útima noche estuve todo el tiempo hablando por teléfono hasta que lo cortaron. Estaba disparada y apunté en un papel todo lo que íbamos a hacer en el futuro. Cuando me dieron el alta me fui a casa de mi hermana Margarita. Me di un baño de espuma, de sales, y de todo lo que encontré. En las situaciones de euforia te desinhibes completamente. Tuve una conversación con mi cuñado, que fue el que dio la voz de alarma, y al rato me dijeron que me tenían que llevar a San Miguel, que es un hospital psiquiátrico. Me recibió un médico que era muy guapo y le dije que me encontraba estupendamente. Me quedé esa noche, pero no me medicaron. Recuerdo que no fui capaz de encontrar la luz de la habitación y que estuve toda la noche incorporándome y recostándome mientras hacía un viaje hacia atrás en el que evocaba a todos los muertos de la familia. Mi cuñado se iba a Amsterdam al día siguiente y yo sabia que se iba a matar en un accidente de avión, pero conseguí ser Dios y evité el accidente. Por la mañana, cuando llegó el médico, le dije que era Dios y que no se preocupara porque ya lo había solucionado todo. Me medicaron y bajé. Estuve ingresada nueve días.
Luego, lo mismo de siempre: a casa, pasan unos días, y me da la depresión. No sé lo que me duraría, pero cada vez he ido llevando mejor las depresiones, no sólo por el litio, que no lo dejo, sino por el mayor conocimiento que he ido adquiriendo de mí misma.
Estábamos en el 93 y luego ya pasamos al 95 (en el 94, qué bien, nada). Yo normalmente me pido en el trabajo un mes de permiso sin sueldo al año. Fui a Colombia y Ecuador en un viaje organizado. Los viajes, junto con los conflictos familiares, son mi otro foco de conflicto, pero me gusta mucho viajar y viajo siempre que puedo. Marchó todo bien hasta Quito, donde me robaron, y aquello me alteró un poco. Pero continué el viaje hasta el final y, al poco de volver a Madrid, me fui a Israel Creo que fueron quince o veinte días. Me había apuntado a ese viaje porque iba el grupo de yoga, pero no me gustó nada. Todo resultaba excesivamente religioso. En el viaje iban tres tíos con los que me entendí bien, sobre todo con uno. Eran policías, como mi padre. Siempre coincido con policías. Yo estaba muy lúcida, lo que es un claro aviso de euforia, y hablaba de libros y de todo. Discutí mucho con los organizadores (otro síntoma).
Empecé a comprar desaforadamente (más síntomas). Estaba medio enamorada del hombre éste que digo porque en las euforias siempre me enamoro. Comprábamos discos. Una noche, él se enrolló con la que compartía la habitación conmigo y yo me acosté con su amigo. En las euforias se produce también un aumento, a veces brutal, de la libido. Recuerdo que la noche última estábamos cenando y yo tenía delante un escaparate en el que había un traje de seda azul precioso.
—Ése me lo compro yo —dije.
Me lo compré, nos fuimos a la dis¬coteca y me ligué a dos jovencitos. Gracias a Dios, al salir había cogido unas cerillas del hotel con la dirección, porque se habían ido todos y yo no tenía ni idea de dónde estaba. Me los llevé al hotel, los duché y allí nos estuvimos hasta que me fui, al cabo de seis horas.
Cuando llegué a Madrid, escandalicé a todo el mundo con la historia. Entonces me fui a San Miguel y me interné voluntariamente. Unos veinte días.
Fue mi última gran euforia.
Tuve otra más leve en Turquía, con una depresión también más leve. En Turquía tuve la euforia y en la India la depresión.
Yo creo que lo importante és darse cuenta de cuándo empieza y por que empieza. Los desencadenantes.
Desde el 95 estoy eutimica, sin crisis graves. Casi siete años. Está muy bien. Desde luego, no dejo el litio nunca, y cuando me noto rara cambio el Orfidal por la Etumina, que es un neuroléptíco. Tomo muy poco, un cuarto, que es casi como un placebo. En todo caso, yo soy de la teoría de que me ha ayudado mucho a estar bien el mayor conocimiento de mí misma. Esta enfermedad es sobre todo afectiva. En algún sitio he leído que se llama trastorno afectivo. También le doy mucha importancia al hecho de haber declarado mi enfermedad, lo que es un modo de reconocerla. Mucha gente la lleva de forma clandestina y a mí me parece que es peor. Trabajo en el Instituto Geográfico Nacional. Hago mapas. Soy personal laboral fijo. En las depresiones y en los internamientos me he tenido que dar de baja, pero no me siento criticada por mis compañeras. Ellas saben perfectamente lo que me pasa. En mi sala estamos cuatro mujeres, todas muy charlonas. Este trabajo surgió por el padre de una amiga mía que era topógrafo. Hice un curso de seis meses en el que se daba mucha importancia a la caligrafía porque entonces todo se hacia a mano. Pasaron unos cuantos años, ya habla terminado la carrera y todo, cuando un día me llamaron del instituto.
Debo mucho también a la Asociación Bipolar de Madrid, de la que ahora soy la presidenta. Al principio nos reuníamos en el VIPS de Fuencarral, no teníamos ni sede. Cuando se produjo un cambio en la directiva, me presenté y salí. Llevo dos años y pico. Desde que tenemos esta sede se trabaja más. Nos reunimos los miércoles y los viernes. Los miércoles viene una psicóloga, Usúe Espinós, con la que se hacen grupos de autoayuda. Los viernes hablamos entre nosotros. También se atiende a familiares. La labor aquí es de información y asesoramiento. Yo siempre doy un margen de esperanza. Se puede vivir y convivir con esta enfermedad. Entre los bipolares hay un componente muy grande de gente infantil, poco madura. Somos muy vulnerables, muy sensibles, muy perfeccionistas.
Yo digo siempre que los factores ambientales son muy importantes. Hay gente que sabe que en verano le da la crisis. Dedico muchas energías a la asociación y me ha servido para valorarme como persona y para ayudar a la gente. Tiene una importancia capital que te diagnostiquen a tiempo y que des con un buen psiquiatra. El trastorno bipolar es una psicosis de la que siempre se vuelve”.
EL PAÍS SEMANAL (ESPAÑA) Número1.378 Domingo 23 de febrero de 2003

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